El lavado de la ropa y las lavanderas

Al cabo llegan a la quebrada parlanchina y bulliciosa como ellas. Cada cual va a su puesto y momentos después se empieza la tarea entre las carcajadas de las unas y los cantos de las otras que rompen la cadencia cristalina y arrulladora de las aguas y el rumor soporoso que bajo las frondas y cerca de las fuentes producen los insectos. El golpe de la ropa contra las piedras de lavar semeja el martilleo de una fragua. Cuando la una se calla otra empieza. Las pullas se cruzan de lavadero a lavadero como saetas ágiles. Las murmuraciones se enredan con dulce facilidad y la vida de la población se comenta y conoce mientras la ropa que se lava ensucia los cristales de la quebrada.

—José Antonio Gutiérrez Ferreira. "Cronistas de El Gráfico—El Lavadero." El Gráfico, 19 Mayo 1923, 704.

Luis Alberto Acuña, Lavanderas (Female laundry workers), 1910

Luis Alberto Acuña, Lavanderas, 1910.
Lavanderas lavando ropa en pequeños estanques construidos en la orilla del río. Se encuentran rodeadas por tendederos y canastas en las que cargan la ropa. Esta imagen muestra a las lavanderas en su oficio y a la propia Sabana de Bogotá como un lugar de trabajo, lo cual contrasta con la tradicional representación de la sabana como un espacio desprovisto de seres humanos, presto a convertirse en tierra para la ganadería y la agricultura comercial.

Durante las primeras décadas del siglo XX, el lavado de la ropa de la mayoría de hogares bogotanos corría por cuenta de las lavanderas, quienes se dedicaron a este oficio para contribuir económicamente al sostenimiento de sus familias. Las lavanderas, generalmente procedentes de los sectores más bajos de la clase obrera, no solo se adhirieron al grupo de mujeres que ingresaron al mundo del trabajo remunerado, sino que también fueron percibidas como una colectividad que simbolizaba la relación entre el agua, el lavado y la feminidad. En ocasiones, esta relación entre el medio ambiente, el trabajo y la identidad de género fomentó la creación de escenarios liberadores en los que las lavanderas pudieron conversar, reír, cantar y fumar cigarrillos juntas, afianzando vínculos de solidaridad y compañerismo que hasta cierto punto permitieron aliviar las penurias y sacrificios que enfrentaban en su vida diaria. Las lavanderas y sus condiciones de trabajo inspiraron expresiones artísticas que incluyeron la pintura, la fotografía, la música y la literatura.

 

 

A la orilla de ríos y riachuelos se las ve hincadas sufriendo las inclemencias del tiempo durante largas horas golpeando la ropa contra una piedra abrupta, padeciendo el frío de la humedad en manos y brazos, en contacto los miembros inferiores con el suelo, de suyo humedecido. Un notable higienista anota que las manos de las lavadoras tienen un aspecto característico: deformadas, hinchadas y rojas; la epidermis macerada por el frío del agua y por las lejías alcalinas o por el jabón, se caracteriza por arrugas mientras está húmeda y al secarse se torna dura, apergaminada, y frecuentemente se erosiona y agrieta. De ordinario los dedos presentan una verdadera retracción, y tanto la mano como la cara cubital del antebrazo es campo propicio al desarrollo de callosidades. 
Las dos mujeres que ocupan los dos primeros sitios del lavadero, en una y otra orilla del río, hacen uso de aguas limpias, lo que no ocurre en los puestos sucesivos, ya que los detritus de las ropas sucias van aumentando la contaminación de las aguas; de manera que la persona que lava en segundo término lo hace con las aguas limpias que usa la primera, con lo cual sucede que al llegar al lavadero décimo quinto o vigésimo, por ejemplo, ya las aguas son completamente inaceptables, pues están indudablemente contaminadas, sirviendo de medio de transmisión de variadas entidades patológicas contagiosas.

Tiberio Rojas y Pedro M. Ibáñez. “Contribución al Estudio de la Higiene Pública de Bogotá.” Registro Municipal de Higiene, 20 Julio 1919, 14.

Saúl Ordúz, Lavanderas, 1950

Saúl Ordúz, Lavanderas, 1950.
Lavanderas restregando ropa contra las piedras de un apacible río. La localización era un tema importante para las lavanderas. En ciertos lugares podían encontrar piedras más adecuadas para restregar la ropa y agua más limpia para enjuagarla, lo que se traducía en mejores condiciones de trabajo y resultados más gratificantes. La apropiación del medio ambiente también era importante en el trabajo de lavar la ropa. Las alambradas utilizadas como tendederos mostraban esta apropiación, pero también evidenciaban el papel del sol y el viento en las prácticas tradicionales de lavandería.

Las condiciones climáticas derivadas de la altitud de Bogotá y de su localización en el piedemonte de una cadena montañosa andina, caracterizaron la cotidianidad de las lavanderas. Ellas iniciaban sus jornadas en las frías madrugadas bogotanas, cargando bultos de ropa para jabonarla, restregarla y enjuagarla en los bordes de los ríos y quebradas locales. Los ríos San Francisco y San Agustín descendían de los Cerros Orientales y atravesaban el área central de la ciudad recibiendo los desperdicios de hogares e industrias en todo su trayecto, lo cual condujo a que las lavanderas se vieran obligadas a llevar la ropa a fuentes de agua más limpias pero también más alejadas, como el Río San Cristóbal en la periferia sur de la ciudad o el Río del Arzobispo en el norte. La baja temperatura del agua y la tensión repetitiva del trabajo, congelaban, enrojecían e incluso deformaban las manos de las lavanderas, quienes a menudo debieron soportar estas dificultades en vano porque el polvo y la suciedad de la ropa lavada aguas arriba se deslizaba por la corriente y embadurnaba la ropa lavada aguas abajo. Esto no solo creó un ambiente de competitividad entre las lavanderas interesadas en conseguir los mejores puestos de lavado aguas arriba, sino que también evidenció la relación de perpendicularidad que se estableció entre los ríos y la población urbana, ávida de llegar a lugares cada vez más elevados para así mismo obtener agua más limpia.

Las caminatas hasta los ríos eran largas, los bultos de ropa pesados, el dolor de las articulaciones agudo, y la resequedad de la piel un lugar común para las lavanderas. Aquellas que eran madres, tuvieron que dejar a sus hijos en casa mientras trabajaban, sufriendo la condena de una sociedad que dictó sentencia sin entender la naturaleza del problema. Peor aún, los sacrificios que diariamente hicieron las lavanderas fueron desconocidos cuando los ingenieros y médicos que promovieron la higiene pública en las primeras décadas del siglo XX, las acusaron de poner en peligro la salud de los ciudadanos debido a que usaban los ríos para lavar las prendas de personas que portaban enfermedades de contagio hídrico como la fiebre tifoidea.

Por su parte, las lavanderas se preocuparon por los daños que la contaminación causaba en la ropa y los efectos negativos que esto tenía en la calidad de su trabajo. Frecuentemente manifestaron su inconformidad hacia las industrias de extracción minera que se ubicaban en la parte alta de las montañas orientales y ensuciaban el agua de los ríos con sus residuos industriales, prueba de lo cual fueron las cartas que remitieron al Alcalde de la ciudad solicitando una solución a la contaminación del Río San Cristóbal por cuenta de las minas de cal localizadas en la hacienda El Delirio, propiedad de los hermanos Copete. El Gobierno Municipal prohibió que los hermanos Copete contaminaran el río, pero las minas continuaron su actividad de manera intermitente hasta que el mismo gobierno estuvo en la capacidad de negociar la compra de los terrenos en 1911. Este conflicto evidenció, una vez más, el lugar privilegiado que ocuparon quienes dominaban el acceso al agua desde un punto más elevado en las montañas, pero también dio luces sobre el poder de agremiación que consiguieron las lavanderas a la hora de defender su derecho al trabajo.

Señor Gobernador,
Las abajo firmadas lavadoras de la ciudad en representación de nuestras colegas, nos dirigimos a ud. muy respetuosamente para manifestarle que hace algún tiempo nos servimos del Río San Cristóbal para lavar las ropas que se nos confían, con cuyo trabajo ganamos para medio comer. Llevamos más de un mes que no podemos lavar debido á que el agua del río en referencia baja como un barro. Averiguando la causa se nos dice que es porque unos señores Copete están abriendo unas minas de cal en la márgenes del río; como en este procedimiento se nos causa un gran perjuicio por que se nos priva del mendrugo de pan de que ya se nos ha hecho cargo la ropa que se nos ha pintado por no haberla podido juagar oportunamente. Sabedoras que somos de que ud. es la autoridad a que están encomendados los ríos, nos quejamos en legal forma y pedimos amparo y protección.
(Firman) Betsabé Cicedo Z., Mercedes Díaz, Simona Barbosa, Leonilde Rodríguez.

—Citado por Antonio Sánchez Gómez. Manos al Agua: Una Historia de Aguas, Lavado de Ropas y Lavanderas en Bogotá, 137-8. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2010. Tomado de “Proyectos de acuerdo”, 1910. Fondo Concejo de Bogotá, Archivo de Bogotá, Tomos 604–3570, 253–4.

La preocupación por la pureza del agua, compartida tanto por las lavanderas como por los ingenieros y médicos higienistas, propició la adopción de avances tecnológicos en el campo del lavado de la ropa que transformarían la relación entre la población bogotana y el agua a lo largo del siglo XX.

Manuel H. Rodríguez Corredor, Lavaderos Comunales, 1960

Manuel H. Rodríguez Corredor, Lavaderos Comunales, 1960.
Mujeres lavando ropa en una hilera de lavaderos públicos de cemento. Cada lavadero tenía una superficie rugosa para restregar la ropa y un tanque con agua que brotaba de un grifo. Los lavaderos públicos fueron interesantes dispositivos tecnocientíficos que facilitaron la transición de la tradición colectiva del lavado de la ropa en el río hacia el ritual privado de la máquina lavadora doméstica.

Buscando mejorar las condiciones de trabajo de las lavanderas y garantizar la salubridad en el suministro de agua para el lavado de la ropa, el Gobierno Municipal instaló hileras de lavaderos de piedra o cemento como equipamientos urbanos de acceso público. Mientras tanto, las acaudaladas familias que habitaban las amplias casas de los barrios residenciales pudieron instalar lavaderos dentro de sus viviendas, aprovechando que estas contaban con una conexión domiciliaria al acueducto y con patios interiores suficientemente espaciosos para adecuar cuartos de lavandería. Los lavaderos hicieron que el contacto de las manos de las lavanderas con el agua que fluía en los ríos ya no fuera directo sino que estuviera mediado por una armazón de tanques, tuberías y grifos, lo cual evidenció un proceso de distanciamiento físico entre las lavanderas y los ríos que ocurrió de forma paralela a la progresiva domesticación del lavado de la ropa. De esta forma, las relaciones de solidaridad y el compañerismo que alguna vez tuvieron lugar en las orillas de los ríos fueron sustituida por la socialización alrededor de las hileras de lavaderos públicos, mientras que el lavado de la ropa al interior de las casas tuvo el efecto contrario, pues se convirtió en un asunto mucho más privado y solitario.

Las máquinas lavadoras, entendidas como dispositivos tecnológicos que acentuaron el distanciamiento entre las lavanderas y los ríos, utilizaban perillas, mangueras, bombas y centrifugadoras para restregar, lavar, enjuagar y exprimir la ropa. En efecto, la tecnología fue sustituyendo al tradicional lavado manual de la ropa, que consistía en golpear las prendas contra las piedras del río para sacar la suciedad, retirar el jabón con la ayuda del flujo natural del agua, y dejar que el viento y el sol secaran la ropa tendida en cuerdas que de forma improvisada se instalaban en las orillas del río. Estas máquinas, que fueron introducidas en la ciudad de Bogotá desde la primera década del siglo XX, se abastecieron del agua del acueducto municipal e hicieron uso del precario sistema de alcantarillado para desechar el agua sucia. En un principio, las máquinas fueron operadas manualmente, pero pronto se hicieron populares los modelos impulsados por fuentes de energía como la gasolina, el kerosene y la electricidad. La electricidad que llegaba a la ciudad provenía de la Central Hidroeléctrica El Charquito, inaugurada en 1900 por la Compañía de Energía Eléctrica de Bogotá con el fin de aprovechar el potencial hidroeléctrico de la fuerte caída de las aguas del Río Bogotá en el sector del Salto de Tequendama.

A pesar de que las instrucciones de uso no siempre fueron claras para las refinadas amas de casa y las pulcras empleadas domésticas cada vez más responsables de lavar la ropa en la privacidad de los hogares, las máquinas lavadoras se convirtieron en un electrodoméstico esencial para las casas bien equipadas de mediados del siglo XX. Los anuncios publicitarios difundidos a través de la prensa local se encargaron de popularizar la necesidad de adquirir máquinas lavadoras, las cuales fueron importadas por compañías norteamericanas como General Electric, Westinghouse Electric y Hurley Machine, o por algunas empresas europeas como Philips. Los anuncios publicitarios de las máquinas lavadoras y de una variedad de marcas de jabón como Lux, Blancol y Oro, prometían eficiencia en la eliminación de la suciedad, protección para las prendas delicadas y economía en el tiempo empleado en el lavado, cuestionando las prácticas tradicionales de aquellas lavanderas humildes que armadas con sombreros para protegerse de los avatares del clima recorrían la ciudad con bultos de ropa para lavar en los ríos. El resultado fue que la innovación tecnológica, aunada a la actitud cada vez más privada y elitista hacia el lavado, condujeron a la concepción general de una sociedad moderna separada de su entorno natural, lo cual fomentó la percepción del agua como un recurso cuyo origen y destino final eran casi completamente desconocidos.

Un improvisado tendedero a la orilla del camino, equipado con un buen número de cuerdas llenas de ropa de todos los tamaños y colores, fue el feliz preámbulo del encuentro con el legendario lavadero del barrio Diana Turbay: un planchón de concreto de unos dos metros de longitud sostenido por tres columnas de bloques y ladrillos sobre un rústico piso de cemento. Allí reposa una poceta mediana donde se almacena el agua que cae a través de un delgado tubo, el cual emerge horizontalmente de la cadena de pequeñas montañas, paisaje y pared de este sitio.

María Isabel Arias Cadena. “Las Lavanderas del Diana Turbay.” En Talleres de Crónica. Memorias del Agua en Bogotá: Antología, ed. Mariluz Vallejo Mejía, 184. Bogotá: Banco de la República, Pontificia Universidad Javeriana, Alcaldía Mayor de Bogotá, Archivo de Bogotá, 2011. Consultado el 25 Marzo 2013.

Daniel Rodríguez, Calle 33 con Cra. 3, 1940

Daniel Rodríguez, Calle 33 con Cra. 3, 1940.
Tendedero de ropa en el barrio obrero de La Perseverancia, localizado sobre los Cerros Orientales de Bogotá. Este barrio, creado como una opción de vivienda para los trabajadores de la localmente famosa Cervecería Bavaria, se convirtió en uno de los sectores urbanos más activos políticamente durante el siglo XX.

Estos procesos sin duda transformaron las dinámicas del lavado de la ropa en Bogotá pero no culminaron con la total desaparición de las lavanderas sino que, por el contrario, diversificaron su composición como colectividad. A aquellas mujeres que lavaban la ropa en los ríos para ganarse la vida, se sumaron las amas de casa preocupadas por la limpieza y el cuidado de sus prendas, y las empleadas domésticas que con tropiezos aprendían a usar el creciente número de máquinas lavadoras ofertadas en el mercado. Adicionalmente surgieron empresas de lavandería a domicilio que, intentando suplir las dificultades frente al uso de las nuevas tecnologías, ofrecieron el servicio de recoger la ropa sucia en la casa del cliente para devolverla al día siguiente limpia y en perfecto estado, lo que no fue sino una expresión más institucionalizada de las lavanderas de antaño. La persistencia de las lavanderas como colectividad urbana también significó la permanencia de espacios como los lavaderos públicos, que aún siguen vigentes en Bogotá a pesar de la amplia cobertura que ha alcanzado el servicio de acueducto domiciliario y del uso masivo de lavadoras eléctricas en los hogares. Tal es el caso del lavadero público ubicado en el barrio Diana Turbay al suroriente de la ciudad, en donde las lavanderas de hoy en día aprovechan el lavadero de cemento y el chorro de agua limpia y gratuita que proviene de la Quebrada Chiguaza para lavar pilas de ropa, ahorrando dinero en el pago del servicio de acueducto domiciliario o solventando, en otros casos, la ausencia de este servicio en sus hogares.

Las lavanderas en el arte colombiano

En Colombia, las expresiones artísticas inspiradas por la imagen de la lavandera influenciaron la creación de personajes protagónicos dentro de la literatura costumbrista del siglo XIX, como se muestra en las novelas Manuela y Aguinaldos en Chapinero, escritas por Eugenio Díaz Castro y publicadas en 1889 y 1873 respectivamente.

La música colombiana también reconoció el potencial romántico de las lavanderas como mujeres que, además de reflejar arraigadas costumbres populares, encarnaron sentimientos contradictorios de sufrimiento, alegría, sumisión y liberación. Estos sentimientos quedaron registrados en el bullerengue La Lavandera, de la cantadora Petrona Martínez, y en el pasillo Las Lavanderas, interpretado por reconocidos duetos como Garzón y Collazos y Silva y Villaba. Un bullerengue de raíces afrocolombianas procedente de la Costa Caribe, y un pasillo interpretado con guitarra y tiple en medio de la Cordillera Andina, dan cuenta de la diversidad de ritmos folclóricos colombianos pero coinciden en la inspiradora protagonista de su relato.

Las manifestaciones visuales inspiradas por la figura de la lavandera incluyeron las fotografías del renombrado fotógrafo bogotano Manuel H. Rodríguez, al mismo tiempo que influenciaron la elaboración de pinturas por parte de artistas plásticos de diferentes regiones de Colombia, como Domingo Moreno Otero, Miguel Díaz Vargas, Eugenio Zerda, Segundo Agelvis, Luis Alberto Acuña, Andrés de Santa María, Humberto Chávez y Saady González. El performance también retomó el rol protagónico de la lavandera con la polémica obra del artista y arquitecto Simón Hosie, quien en 2009 intervino la Plaza de Bolívar de Bogotá con la instalación de la casa de una lavandera ficticia.

Domingo Moreno Otero, La lavandera, 1910

Domingo Moreno Otero, La lavandera, 1910.
Pintura al óleo del artista colombiano Domingo Moreno Otero (1892-1948), conocido por sus representaciones de paisajes y costumbres a principios del siglo XX. Esta pintura muestra a una lavandera que sostiene una canasta de ropa sucia en la orilla de un río. El hermoso paisaje rural y la mirada de la mujer a hacia el horizonte evocan sentimientos bucólicos que alguna vez estuvieron asociados al río, ahora percibido como un lugar de trabajo femenino.

 

Miguel Díaz Vargas, Lavadora, 1921

Miguel Díaz Vargas, "Lavadora", Cromos, 8 Octubre 1921, Portada. Pintura al óleo del artista colombiano Miguel Díaz Vargas (1886–1956), en la cual se muestra a una lavandera haciendo uso de un platón y una jarra para lavar la ropa. Una reproducción de esta pintura fue publicada en la portada de uno de los números de Cromos, popular revista bogotana publicada desde 1916. Esta revista no sólo fue un medio de difusión de noticias y opiniones, sino que también se convirtió en un espacio para presentar las producciones literarias de escritores locales y las obras artísticas de pintores, ilustradores, grabadores y fotógrafos.
 

Eugenio Zerda, “Lavanderas”, El Gráfico, June 23, 1923, cover

Eugenio Zerda, "Lavanderas", El Gráfico, Junio 23, 1923, Portada.
Ilustración del artista colombiano Eugenio Zerda (1879–1945) que muestra a un grupo de lavanderas con sombreros y pañoletas en la cabeza, restregando la ropa contra las piedras de un río. Esta ilustración fue publicada en una portada de la revista El Gráfico, que al igual que la revista Cromos, constituye una importante fuente para la historia gráfica de Bogotá.

Jabones y máquinas lavadoras: Los conquistadores del lavado

El siglo XX revolucionó la forma en la que se realizaba el lavado de la ropa con la paulatina introducción de nuevas máquinas y productos de aseo. A medida que el discurso sobre la higiene pública se fortalecía en la ciudad de Bogotá, florecían nuevas marcas que promocionaban soluciones para la limpieza en el hogar. En periódicos de gran circulación nacional como el diario El Tiempo se multiplicaron los anuncios publicitarios sobre innovadores jabones y máquinas lavadoras manuales, de gasolina o eléctricas que prometían eficiencia, ahorro de tiempo y protección de las prendas. Estos anuncios iban dirigidos de forma clara a un público femenino que se insertaba progresivamente en el trabajo remunerado y que, en consecuencia, contaba con menos tiempo para llevar a cabo las labores típicas de las amas de casa.

Sin embargo, la tecnificación del lavado de la ropa no implicó la completa desaparición de las lavanderas, aunque estas parecieron disolverse en la escena urbana conforme su composición se diversificaba, lo cual trajo efectos adversos en su cohesión grupal y debilitó su participación en la vida pública. De hecho, la expansión de la infraestructura del acueducto y el alcantarillado, que empezó en forma con la creación de la Empresa Municipal del Acueducto de Bogotá en 1914, trasladó el lavado de la ropa de las orillas de los ríos y los lavaderos públicos a la esfera privada, en donde las amas de casa y las empleadas domésticas se encargaron de la limpieza y el acondicionamiento de las prendas. A pesar de que en un principio fue considerado como un trabajo para las mujeres de la clase obrera, el lavado se transformó lentamente en una tarea de las clases medias y altas, si bien continuó siendo una labor fundamentalmente femenina.

A medida que trascurría el siglo XX, las lavanderas debieron enfrentar los nuevos desafíos derivados de la creciente complejidad tecnológica del lavado de la ropa. Los intentos por superar estas dificultades incluyeron la publicación de artículos periodísticos con instrucciones para poder utilizar las confusas máquinas lavadora importadas. Los servicios de lavandería a domicilio fueron ofrecidos como una salida a la frustración del lavado en casa, mientras que los anuncios publicitarias de eficientes máquinas lavadoras y milagrosos jabones se hicieron comunes. Las mejoras en la infraestructura de provisión, tratamiento y evacuación del agua, junto con la comercialización de competentes máquinas y productos de limpieza, fortalecieron el distanciamiento entre la sociedad y la naturaleza, a pesar de que en alguna medida el medio ambiente estuvo involucrado en cada etapa de desarrollo que condujo a los métodos modernos del lavado de la ropa.

Noticias de lavandería:

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Todos las infografías de la línea de tiempo han creadsd por Tangrama (Mónica Páez Pérez y María José Castillo Ortega)
en el año 2013 con una licensia CC BY-NC-SA 3.0.