El cuarto de baño y la higiene personal

Gumersindo Cuéllar Jiménez, Mujer junto a niña sentadas junto al río

Durante las primeras décadas del siglo XX, Bogotá se caracterizó por sus graves problemas de salubridad. El desaseo reinaba en las plazas públicas, las plazas de mercado, los hospitales y las calles, desluciendo la apariencia de la ciudad  y potenciando la aparición de enfermedades. Este desaseo, sin embargo, no fue ajeno al emplazamiento de la ciudad en el piedemonte de una cadena montañosa, pues el trazado de las calles aprovechó la inclinación del terreno para arrastrar cuesta abajo basuras, aguas residuales y aguas lluvias mediante acequias abiertas y de poca profundidad que se ubicaban en medio de las calzadas. Las calles tendieron a actuar como canales que, junto con los ríos y las quebradas locales, recolectaban inmundicias y desechos en su recorrido, convirtiéndose en un medio propicio para la propagación de enfermedades de contagio hídrico.

La insalubridad de Bogotá se convirtió en un asunto de gran preocupación para la opinión pública y las autoridades municipales. Médicos, ingenieros y arquitectos influenciados por el higienismo europeo y norteamericano, comenzaron a exigir transformaciones profundas en los espacios urbanos con el fin de hacer frente a la suciedad que aparecía ante sus ojos como fuente y caldo de cultivo de innumerables microbios, gérmenes y bacterias perjudiciales para la salud humana. Con el propósito de remediar esta situación, se adoptaron programas de higiene orientados a resolver los problemas de insalubridad en el marco de un conjunto de medidas que buscaron la modernización de la ciudad.

El movimiento en favor de la higiene urbana liderado por los médicos, ingenieros y arquitectos colombianos, no cuestionó únicamente las condiciones de los espacios públicos de la ciudad sino que también centro su atención en la privacidad de los hogares. Las críticas que despertaron las condiciones de vida de la población bogotana estuvieron directamente relacionadas con las deficiencias del Gobierno Municipal para prestar servicios como la provisión de agua potable, el manejo de aguas residuales y la recolección de basuras en los barrios de escasos recursos, en donde además, las calles usualmente se encontraban desprovistas de pavimento. Estos barrios, llamados barrios obreros, estaban conformados por conjuntos de casas que, a pesar de su espacio reducido, su poca iluminación y su ventilación insuficiente, albergaban a familias numerosas en situación de hacinamiento e insalubridad. Muchas de estas casas eran en realidad chozas de piso de tierra y techo de paja, con una única habitación en la que la familia solía dormir, comer, trabajar e incluso criar animales.

El cuarto de baño no fue un espacio habitual dentro de las casas de los barrios obreros que surgieron en las periferias de Bogotá. A finales del siglo XIX, estas periferias incluían las laderas de los Cerros Orientales, los terrenos sin urbanizar al occidente del Ferrocarril del Norte, y los caminos que conducían a los entonces pueblos de Usme y Bosa en el sur, los cuales hoy en día se encuentran incorporados como localidades dentro del área metropolitana de la ciudad. Así pues, ante la ausencia de cuartos de baño adecuados, los habitantes de los barrios obreros hicieron sus necesidades en pozos o letrinas excavadas improvisadamente alrededor de las casas. También fue común que las personas depositaran materias fecales y basuras sobre las calles de los barrios, esperando que la lluvia los arrastrara hasta las alcantarillas más cercanas y que estas, a su vez, los transportaran hasta los ríos y quebradas que atravesaban la ciudad.

Fue así como los ríos y quebradas conformaron una red de corrientes de agua que alejó los desechos humanos de su lugar de origen, no sin antes dispersar hedores nauseabundos y propagar enfermedades que, como la fiebre tifoidea, la disentería, la gastroenteritis, la hepatitis y el cólera y algunas infecciones de la piel, podían ser contraídas por el consumo de agua contaminada.

La preocupación por la propagación de enfermedades condujo a que los expertos fijaran su atención en las prácticas de higiene personal, las cuales se consideraban inadecuadas o ausentes entre la población bogotana. Para combatir esta falencia y enseñar a las personas los métodos adecuados de limpieza de la cara, las manos y el cuerpo, se utilizaron manuales, afiches y comunicados, que tuvieron un importante antecedente en el reconocido Manual de urbanidad y buenas maneras para uso de la juventud de ambos sexos.

El aseo en nuestra persona debe hacer un papel importante en nuestras diarias ocupaciones; y nunca dejaremos de destinarle la suma de tiempo que nos reclame, por grande que sea la entidad y el número de los negocios a que vivamos consagrados.
Así como no debemos nunca entregarnos al sueño sin alabar a Dios y darle gracias por todos sus beneficios, lo que podría llamarse asear el alma, tratando de despojarla por medio de la oración de las manchas que las pasiones han podido arrojar en ella durante el día, tampoco debemos entrar nunca en la cama sin asear nuestro cuerpo; no sólo por la satisfacción que produce la propia limpieza, sino a fin de estar decentemente prevenidos para cualquier accidente que puede ocurrirnos en medio de la noche.
Esto mismo haremos al levantarnos. Luego que hayamos llenado el deber de alabar a Dios, y de invocar su asistencia para que dirija nuestros pasos en el día que comienza, asearemos nuestro cuerpo todavía más cuidadosamente que al acostarnos.
Es posible que alguna vez no podamos asearnos bien antes de entrar en la cama, porque el sueño, el cansancio o cualquiera otra circunstancia propia de la hora nos lo impida; mas al levantarnos, no lo omitamos jamás. Entonces nos lavaremos la cara, los ojos, los oídos interior y exteriormente, todo el cuello alrededor, etc., etc., nos lavaremos la cabeza y nos peinaremos

Manuel Antonio Carreño. Manual de urbanidad y buenas maneras para uso de la juventud de ambos sexos; en el cual se encuentran las principales reglas de civilidad y etiqueta que deben observarse en las diversas situaciones sociales; precedido de un breve tratado sobre los deberes morales del hombre, 45-46. Bogotá: Editorial Voluntad, 1961. Primera edición: 1871.

Escrito por el diplomático y pedagogo venezolano Manuel Antonio Carreño, este manual ganó popularidad en América Latina luego de su publicación en Nueva York en 1854. Publicado por primera vez en Bogotá en 1871, el manual influenció el comportamiento cotidiano de los ciudadanos tanto en la privacidad de los hogares como en los espacios públicos de sociabilización. La higiene personal no estuvo ausente del manual de Carreño, quien consideraba que la limpieza del cuerpo debía ser una rutina diaria infaltable para todo aquel que quisiera mantenerse saludable y lograr cierto prestigio social. De acuerdo con Carreño, al despertarse en la mañana y al acostarse en la noche era necesario limpiar la cara, los ojos, las orejas, el cuello y la cabeza. Las manos debían lavarse varias veces al día, en especial antes de comer, mientras que el cuerpo debía asearse en su totalidad al menos una vez por semana haciendo uso de una bañera o una ducha.

Dirección Nacional de Salubridad, "El baño del niño: Normas generales para realizar esta tarea medular de la salud", El Tiempo, December 19, 1946, 18

Dirección Nacional de Salubridad, "El baño del niño: Normas generales para realizar esta tarea medular de la salud", El Tiempo, 19 Diciembre 1946, 18.
Ilustración incluida en el artículo de prensa "El baño del niño: Normas generales para realizar esta tarea medular de la salud", publicado por la Dirección Nacional de Salubridad en 1946. La ilustración muestra el método que debía seguir una madre para bañar a su bebé y los numerosos artículos de aseo que podía usar en esta tarea.

Las pautas de higiene personal contenidas en este tipo de manuales fueron gradualmente adoptadas por las familias que lograron acceder a un ejemplar de los mismos, o por aquellas cuyos hijos recibieron lecciones básicas de higiene personal en la escuela. Sin embargo, fue quizás más amplia la divulgación a través de comunicados que elaboraron entidades públicas como la Dirección de Higiene y Salubridad del Municipio de Bogotá, con el propósito de incentivar hábitos y prácticas saludables entre la población, para así mitigar los efectos de las enfermedades contagiosas. Los médicos Manuel N. Lobo, Luis Zea Uribe, Cenón Solano, Tiberio Rojas y Pedro M. Ibáñez, vinculados a la Dirección de Higiene y Salubridad del Municipio de Bogotá, hicieron uso de la publicación mensual del Registro Municipal de Higiene para dar a conocer información detallada sobre el funcionamiento de los baños públicos, para recomendar la duración y temperatura adecuada del baño del cuerpo, y para advertir sobre la importancia de lavar cuidadosamente las manos con el fin de prevenir el contagio de enfermedades como la fiebre tifoidea.

Otras publicaciones educativas incluyeron manuales dirigidos específicamente a las madres, con información sobre la salud y el aseo de los niños. Dentro de estas publicaciones se encontraba el Manual de higiene y medicina infantil al uso de las madres de familia, escrito por el médico pediatra José Ignacio Barberi y publicado por segunda vez en 1905. En este manual se recomendaba que las madres bañaran diariamente a sus hijos con agua tibia por un tiempo no mayor a cinco minutos. En parte, esta rutina cotidiana de baño buscaba evitar que la suciedad tapara los poros de la piel, que al igual que la exhalación y la orina, funcionaban como un canal de evacuación de las toxinas perjudiciales para los órganos internos del cuerpo.

El baño es para mí un elemento de salud tan esencial, que hago bañar á los niños hasta cuando tienen fiebre, empleándolo en este caso como medicina. La preocupación general en contra del baño consiste en que como no se conoce entre nosotros sino el de los ríos ó el de agua asoleada, al decir baño, se entiende baño frío, mas, como he dicho, el baño debe ser tibio, y así de ninguna manera hace daño. Que un niño no duerme, báñese antes de acostarlo, y dormirá toda la noche; compárese un niño que se baña constantemente, y se verá su piel limpia y tersa, contrastar con uno que nunca se baña, el cual estará lleno de erupciones, y su piel áspera y dura.
El baño preserva de las enfermedades infecciosas, es un tónico general del organismo, y es medicina de efectos sorprendentes en muchísimas dolencias.

José Ignacio Barberi. Manual de higiene y medicina infantil al uso de las madres de familia, ó sea tratado práctico sobre el modo de criar á sus hijos y de atenderlos en sus enfermedades leves, 46-47. Bogotá: Imprenta Eléctrica, 1905.

Los bebés, que requerían especial cuidado, debían ser bañados con jabón de glicerina y una esponja suave dentro de una tina pequeña con agua calentada a la temperatura del cuerpo y la cual debía ser preferiblemente agua de lluvia, ya que el agua suministrada por el acueducto no resultaba completamente confiable. Este tipo de instructivos sobre la higiene infantil también fueron incluidos en artículos de prensa como el publicado en 1946 por la Dirección Nacional de Salubridad con el título de "El Baño del Niño: Normas Generales para Realizar esta Tarea Medular de la Salud". Recurriendo a un texto sencillo e ilustrado, la Dirección Nacional de Salubridad insistía en que la tina, el jabón, el aceite mineral, el algodón, la toalla y la sábana de caucho utilizados en el baño del bebé debían ser de uso exclusivo del mismo para así evitar la contaminación cruzada. El artículo también daba consejos especiales sobre cómo bañar a los recién nacidos aplicándoles aceite mineral con bolitas de algodón esterilizadas, pues el agua y el jabón tendían a resecar su piel delicada.

El baño diario- o mejor aún dos veces al día- es uno de los más poderosos medios de conservar la belleza. Ya sea que, como los japoneses, lo tomemos hirviendo, o que, como los fanáticos del naturismo, nos sumerjamos en el agua helada, siempre es un grato refugio para nuestro organismo fatigado.

“Higiene y belleza.” Cromos, 18 Marzo 1933, 6.

"Shampoo de aceite de coco", Cromos, April 5, 1924, 250

"Shampoo de aceite de coco", Cromos, 5 Abril 1924, 250.
Anuncio publicitario de un champú de aceite de coco que limpiaba el cabello eliminando la caspa y la grasa natural. A principios del siglo XX, el aseo del cuerpo comenzó a ser percibido como una necesidad más que como un privilegio. Champús, jabones y otros productos cosméticos anunciados en periódicos y revistas fueron utilizados junto al agua para eliminar la suciedad, la grasa y el olor del cabello y la piel en favor de la salud y la belleza.

El baño del cuerpo estuvo asociado a beneficios y perjuicios para la salud desde que empezó a popularizarse entre los bogotanos a principios del siglo XX. No obstante, riesgos como el cansancio, los problemas cardiacos y la resequedad de la piel, que en su momento estuvieron relacionados con los baños prolongados y de altas temperaturas, parecieron desvanecerse con el paso de las décadas conforme se adoptaban las indicaciones dadas por los médicos. Poco a poco, el baño se convirtió en una práctica cotidiana imprescindible en la medida en que contribuía a conservar la salud y a recuperar la belleza juvenil por cuenta de una piel hidratada, suave y limpia. No en vano, los aspectos cosméticos del baño inspiraron la difusión de anuncios publicitarios sobre jabones, champús, sales minerales, tónicos, desodorantes y colonias que complementaban perfectamente la acción limpiadora del agua. Estos productos cosméticos, ahora elementos básicos en la rutina de higiene personal, se convirtieron rápidamente en bienes de consumo de primera necesidad para todas las familias.

Con el baño establecido como una práctica diaria, los cuartos de baño se convirtieron en espacios domésticos esenciales que proporcionaban condiciones adecuadas de higiene, comodidad y privacidad. Los cuartos de baño modernos se caracterizaban por tener pisos de materiales lavables y paredes de cemento impermeabilizadas con cal, pintura de aceite o baldosas de cerámica. También incluían aparatos como bañeras, duchas, lavamanos, excusados y bidés, que permitían eliminar la suciedad de la piel y los desechos del cuerpo de forma higiénica, aprovechando el agua que brotaba de las tuberías del acueducto municipal y los desagües conectados a la red del alcantarillado.

"Cuartos de baño", Cromos, December 13, 1930, 31

"Cuartos de baño", Cromos, 13 Diciembre 1930, 31.
Anuncio publicitario de Montoya Patiño & Co., una empresa que vendía bañeras, excusados, lavamanos y duchas para adecuar cuartos de baño completamente higiénicos. Tener cuartos de baño al interior de los hogares reforzó el proceso de domesticación del agua, pero también se convirtió en una evidencia de la relación socialmente diferenciada entre las personas y el agua, pues los cuartos de baño privados no estuvieron disponibles para todos los presupuestos.

 

 

Sin embargo, este tipo de cuartos de baño modernos estuvieron ausentes de gran parte de los hogares bogotanos hasta mediados del siglo XX. Las casas construidas en el periodo colonial o en los primeros años republicanos, no incluyeron cuartos de baño en su diseño arquitectónico, así como tampoco contaron con ellos las más recientes viviendas de autoconstrucción debido a las restricciones económicas de la mayoría de sus propietarios. Fue solo hasta la segunda década del siglo XX que el Gobierno Municipal, los urbanizadores privados y algunas cooperativas obreras, iniciaron la construcción de proyectos habitacionales con cuartos de baño, independientemente de la condición socioeconómica de los barrios en los fueron ubicados.

La presencia de cuartos de baño al interior de las viviendas fortaleció el proceso de domesticación del agua, el cual relacionó la búsqueda de condiciones modernas de salubridad con la nueva concepción de la limpieza del cuerpo como una práctica discreta y privada. La domesticación del agua evitó que los habitantes de la ciudad tuvieran que trasladarse hasta los ríos o recoger agua lluvia para poder asearse. Ahora bastaba con abrir un grifo del que brotaba un chorro de agua continuo y graduable, pues el agua que corría por las tuberías del acueducto municipal podía ser bombeada directamente hasta los grifos de las bañeras, las duchas y los lavamanos. Esta nueva aproximación al uso del agua no solo incrementó la cantidad de agua demandada, utilizada, desperdiciada y contaminada, sino que también evidenció que los seres humanos podían controlar lo que previamente había estado sujeto a los ciclos naturales, si bien la naturaleza nunca se convirtió en un actor pasivo completamente sometido a la voluntad humana.

Pero a pesar del creciente uso de los cuartos de baño dentro de los hogares, algunas personas no pudieron costear su construcción y tuvieron que recurrir al uso de los retretes, regaderas y tinas de los baños públicos, cuyo funcionamiento estuvo reglamentado por las autoridades municipales. En efecto, el 30 de abril de 1915, el Concejo Municipal de Bogotá aprobó una propuesta de la Dirección de Higiene y Salubridad para implementar un reglamento básico sobre el servicio de baños públicos, considerando que este se venía prestando en establecimientos inadecuados y bajo procedimientos rudimentarios que aumentaban el riesgo de propagar enfermedades. El nuevo reglamento estipulaba que los baños públicos debían ser amplios y aseados, lo cual implicaba que tuvieran paredes de cemento lavables, pisos pavimentados con sifones, y puertas y ventanas dispuestas de tal forma que anularan las corrientes bruscas de aire. Además, cualquier empresario que deseara administrar un baño público debía contratar empleados que se encargaran de desinfectar las tinas cada vez que fueran a ser usadas por los clientes y de ofrecerles a estos las toallas que necesitaran.

Dejando a un lado los baños de habitaciones particulares, cuyo servicio es correcto desde el punto de vista de la higiene privada, y los cuales no pueden usar sino las clases acomodadas de la ciudad, Bogotá no tiene más baños públicos que las aguas lejanas del río Tunjuelo y las más apartadas del río Bogotá, las del Fucha que reciben los desagües del caserío de San Cristóbal, las escasas del riachuelo del Arzobispo y las de los arroyos que cruzan el barrio de Chapinero, cuyas aguas reúnen las mismas medianas condiciones que las del Fucha. Varias empresas particulares tienen baños al servicio del público, insuficientes para la numerosa población, y no han logrado hasta hoy establecerlos con el completo aseo, comodidades y economía que han alcanzado en otras ciudades. En cuanto a las regaderas y duchas están bien establecidas.
De todos estos baños están privados los obreros y sus familias por carencia de medios económicos, y de aquí nace el mal del desaseo general de nuestra clase pobre, la cual no puede usarlos sino cuando la desgracia los lleva a los hospitales y a las cárceles, o la suerte a los cuarteles.

Tiberio Rojas y Pedro M. Ibáñez. “Contribución al estudio de la higiene pública de Bogotá.” Registro Municipal de Higiene, 20 Julio 1919, 15–16.

Los baños públicos, no obstante, fueron escasos y costosos para el público en general. En 1919, los médicos Tiberio Rojas y Pedro M. Ibáñez afirmaron que los baños públicos solo beneficiaban a los ciudadanos pudientes, mientras que los pobres continuaban relegados al agua fría y frecuentemente contaminada de ríos como el Bogotá, el Tunjuelo y el Fucha, y de quebradas como La Vieja y Las Delicias. El Concejo Municipal de Bogotá abordó este problema mediante la aprobación del Acuerdo número 11 de 1919, el cual concedió permiso a la Junta de Socorros para construir baños públicos en nuevas áreas de la ciudad utilizando recursos municipales. Sin embargo, la escasez de baños públicos persistió conforme aumentaba población urbana, de modo que en 1936 el Concejo Municipal de Bogotá ordenó la construcción de 26 nuevos baños públicos, los cuales fueron diseñados en forma de kioscos, ubicados cerca de las plazas públicas y abiertos a todos los ciudadanos.

 

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A pesar de todo esto, el baño en los ríos continúo siendo una costumbre arraigada entre la población bogotana sin importar su posición socioeconómica. Aquellos que ya no necesitaban a los ríos para su higiene personal, continuaban disfrutando de ellos como lugares recreativos. Era común que durante los fines de semana, los días festivos o en temporadas vacacionales, las familias bogotanas visitaran los ríos, balnearios y lagos de la Sabana de Bogotá, o aquellos localizados en los pueblos de clima cálido que se extendían a lo largo de la ruta que descendía por las montañas y conducía al río Magdalena. Estos viajes hacia zonas rurales eran momentos ideales para disfrutar de picnics sobre el pasto, contemplando tranquilamente la corriente de agua desde las orillas, practicando deportes náuticos o zambulléndose en el agua refrescante.

Los ríos se convirtieron en escenarios propicios para el desarrollo de actividades recreativas que afianzaron la percepción del agua como fuente de entretenimiento y reforzaron la definición bucólica del campo en contraste con las sucias y agitadas calles de la ciudad. Ahora bien, desde mediados del siglo XX, los viajes familiares hasta los ríos cercanos comenzaron a desaparecer del listado de costumbres bogotanas a medida que la ciudad se expandía hacia los humedales circundantes y la sabana rural. Los humedales fueron desecados, las tierras fértiles fueron urbanizadas, y algunos de los ríos que anteriormente habían sido utilizados para fines recreativos, fueron absorbidos por el nuevo paisaje urbano. Tal fue el caso de los ríos Fucha, Tunjuelo y Bogotá: otrora lugares de ocio y contemplación, se transformaron en corrientes que recorrían la ciudad, recibiendo descargas de aguas residuales, y con frecuencia inundando los barrios contiguos a sus cauces durante las temporadas de lluvia.

 

Precio de los víveres: Barras de jabón al alcance de su mano

En 19 de junio de 1928, el diario El Tiempo publicó un anuncio publicitario que incluía un listado con el precio de los víveres vendidos en los almacenes de los señores Eduardo Laverde y Luis F. Pinilla, ubicados en Bogotá. Este listado no solo evidenciaba la importancia de productos alimenticios como la cebada, la avena, el arroz, las papas, los fríjoles, las arvejas, los garbanzos, el chocolate, el café, el azúcar y la panela—bloques sólidos de azúcar elaborados a partir del jugo no refinado de la caña de azúcar—dentro de los hogares bogotanos. También permitía comparar el precio de una barra de jabón con el precio de víveres comunes, para demostrar su accesibilidad: por ejemplo, una barra de jabón cosmético costaba 5 centavos, mientras que una libra de chocolate con azúcar podía alcanzar un precio de 40 centavos.

La accesibilidad de los jabones cosméticos a finales de la década de 1920 reflejaba la amplia difusión que para ese entonces habían alcanzado las prácticas de higiene personal entre la población bogotana. El baño del cuerpo había pasado de ser percibido como un ejercicio extravagante y distinguido, exclusivo de la alta sociedad, a ser una rutina habitual de hombres y mujeres de la clase obrera interesados en mantenerse saludables, limpios y atractivos.

 

Precio de los víveres, 1928:
Infografía que muestra una comparación del precio de los jabones cosméticos con el precio de varios víveres en 1928.

 

Normas sobre construcciones higiénicas: Proyecciones espaciales del discurso higienista

Durante la segunda década del siglo XX, los proyectos habitacionales que incluían cuartos de baño empezaron a aparecer en gran número en la ciudad de Bogotá. La edificación de estos proyectos habitacionales estuvo respaldada por la producción de un aparato normativo destinado a promover la construcción y el mantenimiento de viviendas higiénicas, del cual hicieron parte el Acuerdo número 10 de 1902 del Concejo Municipal de Bogotá, el Acuerdo número 40 de 1918 de la Junta Central de Higiene, y la Resolución número 16 de 1919 de la Dirección Nacional de Higiene.

Estos reglamentos de construcción definieron los requerimientos arquitectónicos que debían cumplir las viviendas de los modernos barrios residenciales, al mismo tiempo que intentaron mitigar los problemas de desaseo de los barrios obreros no planificados que se multiplicaban en las periferias urbanas. El Paseo Bolívar, construido sobre las laderas de los Cerros Orientales, fue uno los barrios obreros que alcanzó popularidad por sus condiciones de insalubridad y precariedad. Sus casas, que eran más bien chozas, no solo carecían de servicios públicos, sino que también se caracterizaban por ser pequeñas habitaciones sin espacios diferenciados, construidas con materiales de baja calidad, carentes de iluminación y ventilación, e igualmente desprovistas de cuartos de baño.

Tras años de propuestas infructuosas, las autoridades municipales finalmente decidieron demoler las casas del Paseo Bolívar como parte de un proyecto de saneamiento liderado por el urbanista austriaco Karl Brunner, quien en 1933 fue nombrado jefe del Departamento de Urbanismo de Bogotá, luego de su exitosa experiencia en la planificación urbana de Santiago de Chile. A él fue encargada la misión de planear el desarrollo futuro de la ciudad a partir de reglamentos sobre la urbanización y la apertura de vías. Como parte de esta tarea, el Departamento de Urbanismo compiló y publicó un conjunto de normas sobre construcciones higiénicas, a la par que propuso planos arquitectónicos de viviendas obreras que se ajustaron a dichos estándares de higiene para mejorar la calidad de vida de sus futuros moradores.

La comparación entre una casa promedio del Paseo Bolívar en la década de 1920 y una de las viviendas obreras diseñadas por el Departamento de Urbanismo durante la década de 1930, permite evidenciar las diferencias entre las viviendas que fueron construidas de manera improvisada al margen de las normas de higiene, y aquellas que buscaron proyectar en el espacio el discurso higienista.

 

Viviendas obreras: Realidad y proyección

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Las representaciones y renders arquitectónicos fueron diseñados por William Sarria Calderón. 2013.
Este trabajo se encuentra bajo la licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License.